El calendario.
He tirado el calendario del 2008 que había colgado en la cocina.
Con él he tirado las preocupaciones del embarazo de María, los lazos rosas, las ecografías, los días de frío, la pesadilla en el hospital. El mes de febrero entero, las comidas que preparamos María y yo esos días para olvidar. “Las 1080 recetas de cocina”.
Con el mes de marzo se han ido las botellas de coca-cola rellenas de arena del desierto, "El Egiptólogo", Las charlas madre-hija, la claustrofobia en el interior de las pirámides.
En primavera la casa nueva en la playa, la minúscula terraza donde yo me empeño en meter una mesa y dos sillas para desayunar. “Veras el cielo abierto”. La playa vacía de gente y llena de algas.
También se ha ido, pegado a la hoja arrugada de junio, mi miedo a cumplir cincuenta, las “Gotas de mercurio”, los paseos fresquitos por la mañana a principios del verano, las charlas, los besos.
María otra vez embarazada a finales de julio. Otra vez las sonrisas, las preocupaciones, las ilusiones y los baberos.
La siesta calurosa de agosto, los despertares de sueños al amanecer. “La traviesa niña mala”.
Se fue Ana de casa durante el mes de septiembre. Dejo su habitación, y un sitio a mi lado en el sofá del salón.
Italia en octubre. Se fueron la empinada subida al Vesubio, “El código Da Vinci”, la habitación pequeña de Roma, los malos conductores de Nápoles y Stefano también se fue.
Las tardes tejiendo jerséis a mi primer nieto. Se fueron con las hojas de otoño, con la espera, con “La catedral de mar”, con un puñado de folios escritos, con los kilómetros en bici y los abdominales en el gimnasio.
Terminaron “Las mujeres que hay en mi”. La buena suerte en el casino se fue con el mes de Noviembre.
Terminaron los adornos, “El Perfume”, los mensajes, las luces, las comidas, los regalos de
